NOTA: Antes de empezar a leer este artículo, fíjate en qué hora es. ¿La tienes? Bien. Continúa, por favor.

Dice la teoría de la relatividad de Einstein que la percepción del espacio y el tiempo depende del estado de movimiento del observador o es relativa al mismo. Fue revolucionaria en su momento y lo sigue siendo por la definición del tiempo como una variable, en vez de una constante. Aunque puede parecernos abstracto, es algo que experimentamos varias veces cada día (sobre todo si no llevamos reloj). ¿Podrías decir cuánto dura una película sin mirar la hora? Si te ha gustado, probablemente te hayan parecido veinte minutos; pero si es la película más aburrida que has visto ¡es posible que te parezca que ha durado cuatro horas!

No es que el tiempo pase más rápido o más despacio, es que el tiempo es diferente para el que se aburre y el que se divierte. El tiempo tiempo objetivo es el mismo, mientras que el tiempo percibido varía en función de nuestra experiencia.

Hay otro factor más en el juego: la velocidad de la interacción. En una llamada de teléfono o en un encuentro físico, el emisor y el receptor intercambian sus papeles varias veces en segundos objetivos. En este tipo de interacción el tiempo objetivo y el percibido son, en principio, bastante similares. En el caso de que nuestro interlocutor no consiga captar nuestra atención, el tiempo percibido se ralentizará ilimitadamente y nos parecerá que nos hemos quedado sin pilas en el reloj. Pero si la conversación fluye de una forma relajada, el tiempo percibido comenzará a disminuir: las personas involucradas generan un solo discurso con dos o más voces. Este es el caso típico de “Quedé con unos amigos y se me pasó el tiempo volando”.

Estas modificaciones del tiempo percibido son naturales: sabemos que la clase de primera hora nos va a resultar larguísima (porque el profesor es muy aburrido) o que el viaje que tenemos este fin de semana nos parecerá un instante (porque estaremos con unos amigos a los que hace meses que no vemos). Es por ello que la entrada en la ecuación de una nueva variable a la que no estamos acostumbrados y con la que no contamos nos desconcierta. Se trata del lag.

El lag (entendido como el retraso en la llegada de los mensajes en un sistema de telecomunicación) es lo que diferencia una conversación a cara a cara de otra en un chat o red social. Creemos que estamos hablando a tiempo real porque esperamos a la respuesta del otro antes de seguir con nuestro discurso, pero hay unos cuantos segundos objetivos de diferencia que no estamos percibiendo. Esto hace que el tiempo objetivo sea mayor que el tiempo percibido, estemos divirtiéndonos o no (aunque si además nos divertimos, ¡la diferencia es todavía más acusada!).

Esta la principal causa de que enredemos online hasta la madrugada, de que pensemos que hemos pasado un minuto en Facebook cuando ha sido casi media hora y de que nos digamos “Me quedo un cuarto de hora más” y pase hora y media.

Hasta que la velocidad a la que nos conectamos a Internet sea mucho mayor que la que tenemos hoy en día, y hasta que tecleemos tan rápido como hablamos, sólo tenemos una opción ante esto: asumir que el tiempo percibido es menor que el real debido a una característica propia del entorno en el que nos estamos comunicando.

¿Cuánto tiempo crees que le has dedicado a leer este artículo? Mira el reloj. ¿Cuánto tiempo ha pasado en realidad?

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¿Cuánto tiempo le dedicas al día a sentarte con tus amigos en una terraza, a hablar cara a cara, a escuchar sus problemas y anécdotas y a compartir tus experiencias con ellos en un entorno no-online? El tiempo que tardas en llegar hasta donde has quedado está fuera del cómputo. Ahora, echa las cuentas.

¿Cuánto tiempo le dedicas a las redes sociales, el e-mail no profesional, los SMS y los chats al día? La mayor parte de las veces que entras en Facebook “un minutito” y sales, en realidad han pasado siete minutos.  Ahora, echa las cuentas. Sé sincero contigo mismo, y recuerda que no estamos hablando de calidad, sino de cantidad.

Incluso si eres de los afortunados con mucho tiempo libre y amigos con la misma disponibilidad, es probable que la mayor parte de los días pases más rato online que con ellos. A fin de cuentas, Internet nos ofrece una forma lógica y cómoda de gestionar nuestra vida social.

A veces nuestros mejores amigos viven lejos. Las redes sociales son un gran sistema para mantenernos en contacto con ellos hasta la siguiente oportunidad de verlos. Muy poca gente percibe como algo malo usarlas para estos casos.

Pero ¿y la gente con la que podrías quedar a tomar algo cualquier día? Nos da tanta pereza llamar que decidimos mandar un e-mail preguntando por las novedades, permitiendo que la otra persona responda cuando pueda.  O vamos a casa directamente después del trabajo y en cuanto llegamos al sofá nos damos cuenta de que ya no nos apetece salir. O les felicitamos el cumpleaños, el ascenso, la boda… en Facebook en vez de intentar verles. Este comportamiento se considera antisocial e inferior. Todo el mundo puede tener cientos de amigos en una determinada red, pero eso no representa su perfil social offline. Exaltar esta forma de comunicación y defenderla por su comodidad, rapidez y su bajo nivel de intrusismo (tanto para el emisor como para el receptor) hace saltar alarmas.

Pero ¿qué alarmas? Se trata de las agujas de la alusión, que nos hacen responder: “Pues yo prefiero quedar a tomar un café”. Tenemos miedo a que piensen que pasamos más tiempo chateando que hablando. Lo curioso es que muchas veces estos comentarios aparecen en online. La verdad es que aunque nos gustan las redes sociales, nos decepcionan por el bajo ratio de socialización offline que generan. No nos gusta reconocer que pasamos la tarde en Tuenti cuando sabemos que tomar unas cañas es una forma más sana de relacionarse.

¿Y qué hace las relaciones offline más sanas que las online? La concentración. Al dedicarle a alguien todos los componentes de nuestro presente, nos involucramos en el momento y percibimos no solo sus palabras sino también su expresión no verbal (inexistente en la mayor parte de las relaciones online). Cuando nos comunicamos a través de un ordenador es poco probable que ésa sea la única cosa que estamos haciendo. ¿Cuántas pestañas tienes abiertas mientras lees este artículo? ¿Con cuánta gente hablas simultáneamente a través del MSN? La concentración humana es lo único que consigue transmitir empatía, y la empatía es lo que nos hace ser buenos amigos, vecinos, trabajadores, novios… Es insustituible. Admitámoslo. Si alguna vez has estado al teléfono con alguien que está comprobando el correo al mismo tiempo, sabes de qué estoy hablando. Somos conscientes de que la otra persona no nos está prestando toda su atención, y eso hace que nos sintamos menos importantes para él o ella.

Pero para mantener el número de contactos que queremos, ni siquiera nos llega con llamar. Y estamos demasiado ocupados como para ver a cada persona con la frecuencia que nos gustaría y dedicarles el tiempo que se merecen. De ahí lo maravilloso de las redes sociales: nos permiten involucrarnos en la vida de los que son importantes para nosotros y participar activamente en ella sin focalizar nuestra atención durante periodos de tiempo largos y seleccionando a través de sus actualizaciones aquellos contactos que tienen algo que contar.

Las relaciones offline son más enriquecedoras. No me cabe duda. Pero las relaciones online son más útiles y más prácticas ya que nos permiten mantener el contacto con toda la gente que ha pasado por nuestra vida. No nos avergoncemos de disfrutar de Facebook, de las interminables conversaciones frente al ordenador ni de comprobar el mail cada poco; pues son demostraciones de nuestro interés y compromiso para con los demás y en ningún caso excluyen quedar a tomar un café, sino que amplían el abanico de posibilidades de socializar.

Que nadie se dé por aludido. Disfrutemos con lo que nos gusta y usémoslo con criterio. Si quieres ir a tomarte una caña con tus amigos, hazlo. Facebook no te lo impide.

La Red Completa

Posted: May 17, 2010 in Uncategorized
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Aunque todos y cada uno de los eventos de nuestra vida están cargados de aprendizaje, debemos asumir que el número de experiencias por las que podemos pasar es limitado. Un niño de cuatro años que nunca ha montado en bicicleta, un joven que no ha viajado fuera de su país o un adulto que nunca ha tenido hijos son pequeños ejemplos de lo mismo: todos tenemos experiencias distintas y limitadas. No sólo “Comer pulpo” es una experiencia, sino que “No comer pulpo”, es otra. Es imposible que se den las dos al mismo tiempo y por lo tanto, sea cual sea la experiencia que tú hayas tenido, tienes una carencia de la otra. No sabes cómo es no haber comido nunca pulpo.

Con cada experiencia, además, el cerebro establece conexiones neuronales que nos ayudan a responder cuando nos encontramos de nuevo frente a esa situación. Si he comido pulpo y me ha gustado, es posible que me apetezca comer pulpo otra vez, porque cuando tenga esa posibilidad recordaré una experiencia positiva que me incitará a repetir. Pero en esta segunda ocasión, está demasiado picante. Entonces es cuando matizo mi experiencia: Me gusta el pulpo… cuando no lleva demasiado pimentón. Cada vez que hagamos algo en relación al pulpo, la frase se irá haciendo más y más larga, y al mismo tiempo que vamos creando más matices, vamos dejando otros atrás.

Con la edad y los eventos, nuestro cerebro va generando una extensa red que vincula todas nuestras experiencias y asocia unas con otras, de forma que nos resulte práctica para reaccionar ante situaciones nuevas, viejas y relacionadas con las ya vividas. Buscamos la red completa, donde todas las preguntas tengan sus respuestas y cada acción dispare una reacción; pero este concepto se opone directamente con el límite de nuestras experiencias y necesitaríamos de los demás para hacer un compendio de todas las vivencias que todo el mundo ha tenido a lo largo de todos los tiempos para poder completar nuestra red.

Es por ello que Internet, la red de las redes, es tan atractiva para nosotros. Igual que unas neuronas se conectan a otras para asumir el aprendizaje de una lección determinada, la información de Internet poco a poco se va enlazando de un punto a otro punto del mundo, mientras nosotros buscamos, sin saberlo, la creación de la red completa.

Por qué empezó todo

Posted: May 14, 2010 in Historias

Me he dado cuenta de que a veces confundimos el cómo y el por qué.

La diferencia es sutil, pero importante. Detrás del cómo suele haber una respuesta fácil o, cuando menos, una referencia: “No lo sé, pregúntale a Fulanito”. El cómo siempre tiene un agente, activo o pasivo, que hace que suceda.

Pero que tengamos los medios para llegar a algo no significa que los vayamos a usar. La aparición de las redes sociales no justifica su crecimiento exponencial, ni su éxito. Es el comó. Falta el por qué.

Esta es mi respuesta:

Hace años, cuando Terra todavía era Olé, empezó la comunicación online. ¿Qué recordáis de esta época? El modem hacía un ruido horroroso al conectarse, Internet ocupaba la linea telefónica y cada vez que llamaba alguien, se caía la conexión. Los chats empezaban a estar de moda, pero aun no era posible registrar los nicks, guardar las conversaciones o elegir un avatar. No había teléfonos móviles, o por lo menos eran innecesarios e innaccesibles para la mayoría de nosotros.

En esos años hice amigos online. Aparecían, desaparecían, iban a cybers, compartían sus datos personales con celo pero sin timidez, porque con algunos de ellos intercambiaba también correo postal. Todos eran desconocidos y tardé muchos años en verlos offline por primera vez. Aun así, era genial: Internet era un mundo de posibilidades en el cual lo interesante era encontrase con desconocidos.

El IRC (como el ICQ) fue la primera “red social” a la que pertenecí. Los #Canales y los @Nicks empezaron a significar algo. Poco a poco, se nos olvidó la idea inicial de conocer a gente nueva y empezamos a querer hablar con aquellos que ya eran nuestros amigos. No puedo evitar mencionar que así conocí (hace 9 años) al que todavía es mi pareja. Todos éramos amigos de amigos de amigos… y había una sensación general de confianza. Iniciabas sesión y de pronto estabas en una cafetería en la que no compartías nada más que conversación con la gente con la que hablabas.

Por aquellos años, además, empezaron a surgir como setas los Cybercafés, sustituyendo muchas actividades de ocio de mi generación. @Omume celebró en una ocasión su cumpleaños invitándonos a todos a una hora de conexión. Preguntando por anécdotas al respecto, son muchos los que cuentan como entraban en el IRC en grupo para conocer a otro grupo con el que ligar y quedar, un par de horas más tarde, en algún sitio físico. Algunos incluso pueden contar cómo se “escondían” para ver qué aspecto tenían las personas con las que se iban a encontrar antes de decidir quedarse en el encuentro real.

Y llegó un momento, unos años después, donde nos cansamos definitivamente de los desconocidos al azar y de darnos cuenta de que no tenemos nada en común con las personas con las que llevábamos meses chateando. Quisimos seleccionar, contar más sobre nosotros en menos tiempo. “A/S/L” empezó a ser el saludo más típico, buscando un vistazo general de la otra persona en menos de una línea. Creimos que nos aburría que los demás fuesen anónimos, pero en realidad nos aburrimos de serlo nosotros mismos.

Por eso nacen las redes sociales, para eliminar el anonimato de nuestras vidas y concedernos nuestros 15 minutos de fama potenciales. Y sucede que todos quisimos lo mismo al mismo tiempo y de forma “comunista”, si me permitís el término. Queríamos compartirlo todo, queríamos enseñarlo todo… y rápido. Queríamos evitar perder nuestro valiosísimo tiempo con desconocidos y centrarnos en la gente afín a nosotros, y para eso tenemos que enseñar quiénes somos nosotros. Ese es mi “por qué”.

Ahora nos enfrentamos a un mundo donde quizás nunca tengamos nuestros 15 minutos de privacidad. Pero es el mundo online que hemos querido, que hemos creado (y reclamado) como sociedad.

Y me encanta.

Bienvenidos a mi blog.